Bajo la proteccion de la noche, Ralf encontró una joven apropiada. Tan desesperada como el resto, tan ansiosa de amor, tan sola, pero mas desamparada que los demas. Bebió de ella solo un poco, siendo muy cuidadoso, y le pagó la tarifa que una muchacha de su calaña valía. Hacía ya tiempo que había dejado de sentir lástima por gente así. Tal vez desde el día en que le había arrancado la vida por primera vez a alguien para comer. Dirigió sus pasos al famoso Luxury, sobre la calle principal de la ciudad. Sintiendose vigilado en todo el camino, cuando atravezó las puertas se sintió al fin anónimo. Iba disfrazado, pero Leonard le reconoció. ¿Como? Pues Leonard era alguien como el, otro monstruo. Sus trucos debe tener, fue lo que Ralf penso mientras subia las escaleras, invitado por el Toreador, al área VIP. Arellano parecía ocupado con gente de negocios, pero aun asi le ofrecio la hospitalidad mandatoria. Ralf bebió de su bella huesped, y rompió una vez mas la Mascarada sin reparar en ello un solo instante.
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Las luces de la pista en el Luxury caian en una vehemencia hipnotica sobre una unica mujer, su piel cubierta de un tinte blanco y mate. La musica llegaba a ella en ondas de choque violentas, ritmicas, freneticas. Se estremecía a su ritmo, pero de una manera exagerada, como su trabajo lo exigía. Nadie la veía en realidad.
Cuando los Vástagos accedieron al área exclusiva, la encontraron vacía. Rico había dado indicaciones para que fueran atendidos esplendorosamente, y no pasó mucho tiempo antes de que se reuniera con ellos. Era un tipo simplemente insoportable, opinaba De la Torre. Pero no estaban ahi por una visita social, si no por la amenaza. La veracidad de tal amenaza estaba en tela de juicio, pues no habia alguna evidencia contundente que la respaldara. Pero siempre cabía una posibilidad, y era una posibilidad que, para todos, hacía meritoria la precaución. Con su típico aire de superioridad, el Malkavian presidió la reunión. Sin perder el tiempo, Mijares fué directo al grano. Arrojó sobre Arellano las preguntas necesarias para entender su posición, para saber que tanta información poseía, y practicamente se estrelló con pared: el Malkavian, como se esperaba, no sabía nada. Trajo ante ellos el florero de cristal para que lo analizacen, pero el artefacto no arrojaba luz alguna ante el misterio. Solo Villaseñor logró observar a De la Torre sonreir antes de hablar, con esa voz de ultratumba, con esa entonación como la de un shaman... no cabía duda que ese era un Tremere de cuidado.
Villaseñor abandonó este hilo de pensamientos cuando la palabra fué escupida sobre la mesa: Amaranto. Quiezel se acomodó en su lugar a observar la reacción de Arellano, y Reyes se revolvió inquieto. Por largos segundos, el unico movimiento en la habitación provino del lejano vibrar de las ventanas que daban al bar. Arellano se levantó lentamente de su silla, su rostro inexpresivo. Sonrió. Sonrió muy lentamente, hasta que su mueca se transformó en una horrenda máscara de locura. Mecanicamente dirigió su mano a su saco y extrajo una pluma fuente y una chequera. Balbuceaba mientras escribía, mientras apretaba cada vez mas la pluma fuente contra el papel. Intermitentemente les pedía ayuda y les ordenaba a gritos que lo sacaran del atolladero. El carmesí en sus ojos se hacía cada vez mas evidente, y todo rastro de su humanidad desaparecía de su rostro. Arrancó la rojiza flor de su vasija, y mientras la pisoteaba, un murmullo ronco empezó a salir de su pecho.
Villaseñor tomó a Mijares del brazo y lo jaló tras ella. Sus sillas cayeron al suelo al tiempo que Arellano profería un rugido de ira, un rugido que era tan intenso y de una locura tal que amenazaba con aniquilar cada gramo de cordura en todos los presentes. La voz de Arellano se extendía por toda la habitación, y nadar en ella era el equivalente a hacerlo en arenas movedizas. A pasos agigantados se alejaron del lugar, sus mentes tan nubladas que ni siquiera pudieron darse cuenta que la violenta reacción de Arellano había sido suficiente para causar la perdida de control del Tremere, quien estaba refugiado en un rincón de la habitación. Quiezel titubeó, pero al fin la Bestia dentro de el lo obligó a huir del cuarto. Solo Reyes permaneció frente al monstruoso Malkavian, que liberaba su ira en el mobiliario frente a él.
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Era lo único que veía, lo único que olía, lo único que existía en su mundo. Y era la dulce sangre de otro vástago lo que se presentaba ante él, a centímetros de su rostro. Cerró entonces los ojos. Se forzó a cerrar los ojos y a inhalar aire para imitar un estado de humanidad que hasta ese momento nunca había extrañado. Como pudo, le pidió a quien lo llevaba a cuestas que lo soltara. Reyes lo miró atónito, pero los ojos de De la Torre ni siquiera tenían su usual arrogancia en ese momento. Solo había en ellos súplica. Lo recostó contra las escaleras, y abandonó el lugar justo a tiempo para no ver como esaexpresión suplicante se transformaba de nuevo en la fachada de una Bestia mortifera y cuya hambre era infinita.
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Cuando Villaseñor dobló dirigiendose hacia el pequeño jardín, encontró a Mijares y a Reyes, quien los había seguido en un auto robado, luchando encarnecidamente con un desconocido. Se acercó a la refriega, y logró retener al espía por el cuello. Los rugidos bajos de bestias luchando ahogaban el ruido del ligero tráfico de la madrugada, pero la Ventrue notó que ninguno de ellos luchaba por aliento. Un vástago, se explicó a si misma Villaseñor, y dió un paso atras fingiendo haber sido lastimada por el cautivo. Después de un gran esfuerzo, el hombre finalmente se rindió. Reyes desató su cinto y lo paso por las muñecas del individuo, escrutandolo con la mirada. Estatura promedio, complexión promedio, color de piel y cabello promedio. Pantalón de mezclilla, una chaqueta de cuero, y nada mas. Un hombre que no resaltaba en lo absoluto. Aunque...
Mijares comenzó a interrogarle, dandole por fin un poco de espacio. Toda la información que tuviese debería revelarla si queria una oportunidad, se le informó. Y sin embargo, el tipo sonrió burlón. Dió de repente un paso atrás, y susurro una palabra en latín. "Ignis", y en ese preciso instante sus manos y brazos se rodearon de siniestras lenguas de fuego, carbonizando en un instante el cinturon de Reyes. Las manos del Gangrel tocaron el fuego, y no logró contener un terrible aullido de dolor, evidencia de una Bestia malherida y asustada. El antes cautivo emprendió la carrera, sus manos aun encendidas en llamas. Reyes desenfundó su arma y Mijares su camara del teléfono celular. Ambos dispararon, ambos acertaron, pero solo uno logro retener a su objetivo. El hombre en llamas dobló por la esquina mas próxima, y cuando lo persiguieron lo único que lograron obtener fue una chaqueta de cuero horadada de un balazo por la espalda.
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En medio de la oscuridad, Elías solo podía oler la sangre. El sabor de la mística sustancia lo embriagaba, saturando sus sentidos hasta nublarle el juicio. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad, enfocarse en un solo pensamiento racional hasta poder evitar toda experiencia sensorial. Centrarse en si mismo. Cuando lo hubo logrado, buscó un estímulo externo distinto al olor de la sangre, y lo aisló para usarlo como puente con la realidad externa. Un leve golpeteo, rítimico, de un pedazo de plástico contra una superficie metálica, acompañado del murmullo de una cadena delgada. Poco a poco admitió dentro de su cabeza mas y mas de las sensaciones, hasta que supo que podria controlarlas todas a la vez. Abrió los ojos, y por primera ves sintió la humedad bajo sus manos. Estaba apoyado con rodillas y palmas en el suelo, sobre una superficie ligeramente viscosa y de olor inconfundible. Poco a poco se levantó, y se valió de la luz de su teléfono celular para vislumbrar su paso. Una masacre. Entendió con frialdad lo que había sucedido, recordando retazos en medio de un nubarrón de emociones. Había atacado en medio del Frenesí a un grupo de personas, una familia, que entraba en su domicilio a bordo de una camioneta SUV. Les había destrozado a mordidas la garganta, uno a uno. El padre había tratado de atacarle, pero le rompió el brazo de un solo golpe, y le molió la cabeza a golpes contra la propia camioneta. Caminó poco a poco entre los restos humanos, concentrandose en no distinguir demasiados detalles. Pero el sonido de la respiración de un sobreviviente no pudo escapar a su atención. El Tremere se acercó a la SUV, y descubrió dentro una muchacha de unos 16 años al borde del colapso, su mirada dificilmente enfocada, su respiracion jadeante, y con el brazo derecho desgarrado hasta el hueso seguramente a mordidas. Cuando´De la Torre se acercó, la muchacha reaccionó con la poca fuerza que le quedaba, tratando de alejarse del monstruoso ser. Elías la tomó de la nuca, y ella murmuró un par de palabras. Elías le cubrió la boca, cerró los ojos, y le rompió el cuello.
El fuego se encargó de las evidencias, de acuerdo al plan de Elías. Era imposible que no encontraran los cadaveres destrozados, pero al menos no era probable que se dieran cuenta que estaban desangrados, y por tanto la Mascarada estaba a salvo. Escondiendose de las luces, De la Torre regresó a su morada. Ahí, sumiendose en el sopor del día, lo único que le quedó al fin eran los tormentosos recuerdos, y la espantosa realización de que tenía toda la eternidad para repasar cada detalle sucedido. En particular, lo atormentarían siempre las palabras postumas de esa jovencita. "No me mates", le había suplicado, como seguramente su misma hermana le había suplicado al monstruo que la asesinó.